Desengaño migrante en pos de un supuesto milagro español, el primer crecimiento del sector secundario en ciudades, como Bilbao, antes primarias de primera.
Los pueblos donde nacieron abuelos y padres de esta historia de esperanza en que la vida vuelva al mundo rural, para que deje de ser el cementerio el único espacio que se queda chico.
Cerró primero la escuela y poco a poco, las puertas de las casas fueron cerrando también. El invierno frío y solitario pesaba tras ellas aún cuando la bandada de hijos, primero, y nietos después, del campesino emigrante, con la llegada del verano y las vacaciones, vuelve a abrirlas una vez al año.
Los tres Robles, gigantes sobre la colina que otea el pueblo, seña de identidad en el alma de muchas generaciones, lugar de encuentro para el amor y los juegos de la infancia, a cuyos pies el día de la patrona residentes y forasteros bailaban con la música de la verbena, contemplan hoy la inmensa herida abierta de la loma, por la que fluye un agua triste y fría, arrastrando la sentencia exigida para el nacimiento del pantano, la muerte del pueblo que lo nombra, el bello pueblo de Riaño.
Con el paso de los años, también desaparecieron los animales domésticos. Antaño cada vaca, porque esta nunca fue tierra de bueyes, era diferente a las otras y poseía el nombre que mas se adaptaba a su personalidad. La Mora, la Sirga, la Paloma, ....unas tiraban de los carros y otras daban leche.
Ahora quedan pocas, dedicadas a poco rentable negocio de la leche, pues para el trabajo, mientras se iba la mano humana a buscar un buen sueldo en la ciudad, hacia el campo llegaban tractores y cosechadoras para olvidar el ritmo de los tiempos, de la siembra, del nacimiento y la maduración, de la siega, de la trilla, del venteo y de la parva, hasta cerrar el verano, con la paja en el pajar y el grano en el granero.
Máquinas multitarea para olvidar el trabajo duro, con la fuerza de la pareja de vacas expertas en conducir la inmensa carga del carro, guiadas por el saber del campesino.
Para dar leche las de hoy, conviene que todas sean iguales, y sin parentesco alguno con la diversidad genética de sus antepasadas.
Los gorriones, y muchas otras aves de aquellos veranos, encontraban sombra suficiente para sobrevivir junto a la actividad humana y alegrar el duro trabajo son su trino, igual que las hormigas.
Ahora es fácil escuchar el silencio diurno de los pueblos y difícil tropezar con un hormiguero.
Murieron los álamos negros, los negrillos, como en tantos lugares. Un viejo negrillo cubría de sombra la trilla de mi pueblo. Bajo sus ramas el agua del botijo se mantenía fresca y a su alrededor disfrutaban del almuerzo las familias que trillaban en las eras del entorno.
Durante muchos años los tres Robles, hoy aislados de la aldea por el canal, contemplaron atónitos el esqueleto gigante del olmo, desafiando la silenciada muerte de su especie.
Cada generación ocupa los espacios que le permite Gaia; cuando desaparecen, todo vuelve a su lugar. El pozo, el cantón, las viñas, los fresnos, el soto, la vallina, el romancino, pedralinas, el praomoro, alguna calle de otro pueblo, las cortes y el tranque del canal, van dejando espacio a la cofradía de los santos, que aunque dicen fueron mártires, poco he visto que hagan por el pueblo, si no es mantener la tradición del más alla.
ResponderEliminarPor mi parte voy contento a ese lugar no para añorar pasados sino para que una madre se reencuentre con el 'Dña.' que los vecinos aún pronuncian cuando le vienen a visitar.
Bueno, bueno. No tengo palabras para mis dos hermanos mayores. Por edad no puedo compartir vuestros recuerdos; tan sólo de tanto oírlos ( una vez al año, y ya son muchos ) los he hecho casi míos. Yo también voy contenta al pueblo,un lugar único por como me siento ahí .
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